Esperando.

Esperando.

Esperando a que cambie el clima: llevamos cerca de un mes con temperaturas absolutamente veraniegas. Días de más de 40ºC, noches en que no bajamos de los 25ºC, mi dormitorio a 30ºC. Días en que llego a la noche agotada y me duermo por eso: puro agotamiento. Pero no descanso y me levanto igual de cansada. Y voy enlazando día con el siguiente y semana con la que acaba de terminar…

Hoy amanece nublado. Dicen que se espera una bajada de temperaturas para mediados de semana. Pero, a estas alturas, ya me cuesta creérmelo.

El ambiente laboral está raro. Pero contarlo con detalles sería largo y aburrido: son esas cosas internas que sólo si se ‘vive’ en ese ambiente se puede entender la explicación. El viernes se cerró con el despido ‘disciplinario’ (esto es, procedente, sin indemnización y con problemas hasta para cobrar el paro) de alguien que llevaba como 7 años en la empresa. Supongo que también tiene un mucho de ‘aviso para navegantes’: aquí nadie es imprescindible, si buscas que te echemos porque llevas muchos años y te han dicho que te corresponde un buen pellizco…podemos echarte sin darte un solo euro…
Y por otra parte, la mitad de la plantilla sigue haciendo lo que le viene en gana y no pasa nada… Y yo cada día estoy más cansada. También de hacer tareas que no me corresponden y que ni se pagan, ni se valoran (es más, tengo que escuchar como luego otras se apuntan los logros).

El jueves nos habían invitado a un ‘afterwork’. En principio, fue ‘a una comida’ el viernes de la semana pasada, pero como nos llegó la invitación el miércoles por la tarde, y la mayoría alegamos tener otros planes…, pues decidieron cambiar fecha y horario. Y fue peor: parte del personal que había confirmado asistencia a la comida, desistió del ‘afterwork’. Yo a la comida no podía ir (tenía cita en Hacienda. Incluso dije que si necesitaban que verificase mi ‘excusa’, lo podía hacer). Y a lo otro…, pues, en fin: era a partir de las seis y media de la tarde, mi horario de trabajo finaliza a las seis…, y eso no era trabajo. Más o menos eso alegué como motivo para no ir.
O, lo que es igual: no voy porque no me da la gana.

¿Que estas estupideces pueden influir/repercutir en lo que pueda pasar en el futuro? Pues…, la verdad es que me da lo mismo.

Estoy muy cansada.
También lo estoy en otras cosas y otros temas.

Sé que si alguien no hace nada por verte, por llamarte, no contesta a tus mensajes…es que, evidentemente, no le interesas.
Y que por mucho que haya algún espejismo que me diga lo contrario…momentáneamente, la realidad es la que es.

Hace muchos meses ya que decidió que prefería que no nos viésemos alguna vez por semana. Que dejó de llamarme (soy yo quien llamo. Luego él está disponible…o no). No recuerdo cuantos años hace que no es él quien me manda un primer sms a mí. Muchos ni los responde, cada vez más a menudo.

No sé qué debería sorprenderme de todo esto.

Un mes después, entiendo que nuestro último encuentro (cinco meses y medio después del anterior)  fue un espejismo. O quizás una forma, por su parte, de confirmar que no le intereso. Y yo lo entiendo y le entiendo: cómo va a tener el menor interés en alguien como yo, fea, gorda, vieja, sin el talento o el ingenio o el loquesea de la gente que le gusta a él (hace mucho que también desistí en intentar llegar un día al nivel superior en que siempre se ha movido, culturalmente hablando).
No me arrepiento de haberle vuelto a ver. No puedo dejar de sentirme feliz por ello. Pero hoy, un mes después, tengo perfectamente claro que fue un espejismo. Sin más.
Y que no cambió nada en su desinterés por mí.

Estas fechas siempre son raras en mi vida… Comienzos y finales.
Es más: comienzos y finales que no detecto en esos momentos mientras pasan, pero que se van revelando con el paso de los días, de las semanas… Supongo que está pasando algo. Y que lo sabré cuando mi mundo haya dado un giro, mire hacia atrás…y tenga claro que aquel detalle insignificante (o no) fue la piedrecita que inició la ruptura del cristal.

Hoy amaneció nublado. Con esos cielos grises que tenían aquellos domingos, o sábados, o incluso otros días de la semana en que él despertaba a mi lado…

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Sábado a mediodía.

Cansada. Nerviosa. Con la sensación de que están pasando cosas que no controlo, o que van a pasar.

O igual son las fechas (siempre se me repiten cosas en fechas similares y estamos en unas de las más complicadas). Y que está haciendo demasiado calor para esta época del año. Y que cada vez se me haca más largo y más pesado el tener más de tres horas diarias de transporte para llegar/volver trabajo-casa. Y que el tiempo pasa y yo cada día tengo un día más y ya empiezan a ser muchos años.

Esta semana tengo cita con Hacienda. Pesado y tedioso más que otra cosa. Me llegó el ‘borrador’ hace dos o tres semanas y no me sale a pagar. Tengo cita precisamente porque lo que me sale a devolver me resulta entre ridículo, irrisorio…y cabreante (considerando la barbaridad que me han retenido. Algo así como el sueldo de dos meses). Si me apaño bien con mis horarios laborales y el de la cita, no tengo que perder tiempo laboral ni pedir permisos: llego justa, pero llego.

Esta semana, también, empiezan las obras en el edificio donde vivo para cambiar toda la instalación interna de fontanería. No me gustan las obras, ni poco ni mucho. He soportado demasiadas en mi vida… En este caso, supongo que tendré que estar un día completo en casa para que la hagan…y aún no sé qué día será. Cruzo los dedos para que no coincida con la cita en Hacienda…más que nada, porque pienso priorizar esto último. Y digo yo que si fuese ese mismo viernes, ya sabría algo por parte de la Comunidad de Propietarios…. Pero todo esto me estresa. Y mucho.

El ambiente laboral cada vez está más enrarecido. Tengo la sensación de que cada día trabajo más y me cunde menos. O, peor: la desagradable sensación de que no se valora en lo más mínimo mi trabajo, o que como saben que mi capacidad de hacer cosas es poco menos que infinita…cada día me cargan con más y más y no se le da la menor importancia. Es más: en vista de que no es posible encontrarme fallos, ahora se me pasan (o se nos pasan, aunque los demás me traen sin cuidado) emails indicando si en la pausa de mediamañana o mediodía he tardado algún minuto más en volver a logarme de lo que debiera. Me parece tan y tan absurdo…cuando el 80% de la plantilla hace lo que le viene en gana, se inventan bajas médicas para cogerse días libres, falsean datos…

Nunca me han importando los demás, sus prebendas o sus beneficios. Pero llega un punto en que me cabrea tanto agravio comparativo. Me cabrea y este cabreo me produce cansancio. Mucho.

Y hay más cosas. Y… y estoy tan cansada, siendo ahora apenas sábado a mediodía…

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Terminando mayo.

Terminando mayo.

Llevo tiempo sin escribir. Llevo toda la semana con ganas de hacerlo.

Pero muy cansada.
Y muy falta de tiempo.

Los cierres de mes, laboralmente hablando, siempre son intensos. Incluso para quienes no gustamos de dejar las cosas para el último momento (en mi caso, suelo tenerlo todo cerrado a falta de dos o tres días. Desde siempre. Pero también, siempre, sabiendo que pueden surgir imprevistos. Y de hecho suelen surgir).

Cinco días después, aun guardo sensaciones.

Cinco meses y medio después, fue como si apenas hubiesen pasado unas horas sin tenerle a mi lado. Es curioso. O igual no.
La piel tiene memoria. Y he vuelto a comprobar que la mía tiene incluso más de lo que esperaba.

Ya escribiré sobre ello. O sobre mí.
A partir de mañana. Cuando empiece junio.

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Primera semana de mayo.

Días raros.
Seguimos así, encadenando días raros.
Cosas que deberían pasar y no pasan, pero en su lugar pasan otras. O peor: no pasa nada. No pasa más que el tiempo, cada vez más rápido.

Los días solares son cada vez más largos. Cuando me levanto aún no ha amanecido, pero ya desayuno sin dar la luz, en torno a las siete y cuarto. Ayer aún era de día a más de las nueve de la supuesta noche.

Al final, una de las cosas que me preocuparon hace dos semanas (el estado de mi coche. Ése que llevo años sin conducir y que en realidad tampoco es que condujese nunca demasiado) ha terminado bien. O al menos eso parece. Como es algo que me propuse ir afrontando por pasos, ahora me toca el siguiente: decidir si doy algunas clases (siquiera para moverlo de vez en cuando) o qué hago con  él y conmigo en relación a este asunto.

Ahora mi próximo posible problema o, mejor dicho, mi próxima angustia, se llama Declaración de la Renta. Pienso que con la barbaridad que me descontaron el pasado año no me tocará, además, pagar. Y debería incluso ‘salirme a devolver’. Pero…, no lo sé. Además, necesito cita para un viernes por la tarde, a poder ser ya en junio para no tener que cogerme ‘horas a cuenta de un día de vacaciones’. Y…, no sé. En algo que durante tantos años ha sido tan rutinario como que era parte de mi trabajo como son los temas relacionados con los impuestos, me siento incómoda. Empiezo a ahogarme en vasitos de agua.

Me sentó bien la conversación de dos horas y pico de la noche del miércoles pasado. Echaba de menos esas conversaciones largas. Las echo de menos. Le echo de menos.

Este año he aprendido que no debo plantearme absolutamente nada en relación a ‘nosotros’. Este año me ha dejado claro que no formo parte de su vida. Pero sigo creyendo que…, no, no sigo creyendo nada. Simplemente sigo esperando a que un día tenga un rato para mí. Sé que no debería aceptarlo, que no debería aceptar que un día tenga tiempo, venga a dormir conmigo…y simplemente sea esa vez y ya está y vuelvan a pasar los meses sin él. Sé que debería dejar que la herida de su ausencia siga su cauce, siga cicatrizando… Pero le echo mucho de menos. Y sé que no voy a rechazar la posibilidad de su presencia a mi lado, si surge esa ocasión, aunque luego se vaya sin fecha de retorno, aunque luego pase los días queriendo que vuelva.

Días raros. Unos parecen de otoño y otros volvemos al verano. Se ha adelantado la floración de casi todo. Los índices de polen empiezan a ser salvajes. Más o menos, llevo y soporto la alergia…, pero creo que esta semana empezará la verdaderamente fuerte.

Domingo de una semana que ha sido laboralmente más corta. Mañana empieza una completa, con sus cinco días laborables. Y sé que pasaré, pasaremos, calculando que la siguiente tendrá un lunes festivo.

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Simplemente, sigo viva.

Mes quinto.
Este año, mayo empieza con una especie de ‘puente’. Al ser sábado y domingo los últimos días de abril, nos juntamos con cuatro estupendos días no laborables. En mi empresa, me refiero, que no laborable en el resto del país es sólo hoy, Primero de Mayo.

Cuatro días que desde el principio proyecté ‘para no hacer gran cosa’. Y que de manera innegociable decidí ‘para no madrugar y levantarme tarde’. Todo lo tarde que me permitiese un cuerpo habituado a despertarse en torno a las seis, apagar de un manotazo el despertador a las seis y media, intentar rascar unos minutitos más al descanso…y terminar levantándose con prisa casi a las siete, que antes de las siete menos veinte ya tiene que estar camino del tren…
De momento, lo de levantarme tarde sólo lo he conseguido el sábado. Y la verdad es que hubiese preferido que no…, porque me levanté casi a las doce, pero como consecuencia de haber dormido francamente mal.

Me quedé dormida frente a la tele entorno a las doce, quizá hasta algo más tarde. El ‘no tienes prisa mañana’. Me desperté a más de la una.

No podía apenas moverme y me costaba respirar. Era como tener una losa aprisionándome el cuerpo desde el cuello hasta el nacimiento de las piernas. Y los brazos hormigueantes. No sabía si tenía frío o calor o las dos cosas a la vez. La casa está fría porque han bajado las temperaturas y porque, como hizo calor días atrás, la Comunidad ha decidido quitar la calefacción, adelantándose a la ‘fecha oficial’ que es el 01 de mayo. Pero yo tenía también calor. O la sensación angustiosa de no poder respirar ni moverme me hacía sentirlo.

Ataque de ansiedad. De manual.

Como ya los conozco (suelo conseguir evitarlos en cuanto detecto los síntomas) decidí no entrar en pánico…porque es peor. Sé que no es un infarto. Sé que no es un ictus. También sé que no es un ataque de gastroenteritis (curiosamente, además del resto de los síntomas, el dolor y el malestar en el estómago también es muy similar). Sé que, aunque por un momento pueda pensar otra cosa, puedo levantarme y caminar. Y es lo que hice. Despacio (no respirar con normalidad y sentir que tienes encima un peso superior a tu propio cuerpo no facilita los movimientos). Por un instante sé que también pienso en llamar a emergencias….pero creo que desestimo la idea (o que, directamente, en esos momentos directamente no sé ni cómo se hace, ni dónde tengo el teléfono, ni cual es el número…). Sé que tengo que controlar la respiración poco a poco…

Termino en la cama. Creo que antes paso por el baño, que hasta me enjuago la boca con un elixir de ésos que en un momento dado sustituyen al dentífrico. También he cogido del armario un par de pastillitas para los gases (me siento llena de ellos. Y sé que no soy capaz de expulsarlos, que nunca he sido capaz, como no soy capaz de vomitar, que es algo que en esta situación también me pide el cuerpo y me sentaría bien). Imagino que bebo agua. Y que uso el inhalador multiusos.

Termino en la cama y decido que no voy a morirme.  No esta noche, por muy mal que me sienta. Y me siento muy, muy mal.

Sé que en algún momento me quedé dormida, imagino que cuando conseguí recuperar el ritmo normal respiratorio. Sé que la sensación de hormigueo en las extremidades es simple consecuencia de lo mismo: falta de oxígeno.
No sé cuantas veces me despierto. Tengo conciencia de hacerlo entorno a las ocho y no recuerdo si me levanto o no al baño. Sí sé que son más de las once cuando por fin decido que ya es de día para mí y que he sobrevivido. Me duele todo el cuerpo (sé que es de la tensión que generan estas situaciones) pero estoy aún viva.

Hace unas semanas me caí en la calle (siempre me he caído mucho, conservo cicatrices en las rodillas). Ya no me hago (apenas) daño, porque un día llegué a la conclusión de que si los niños se pasan el día cayéndose y dándose golpes y raramente se rompen nada es gracias a que tienen los huesos muy flexibles…y a que no oponen resistencia a las caídas. Desde que lo hago así, y puesto a que pese a mis 30 kilos de más sigo siendo bastante flexible, apenas me hago daño. Por aparatosa que sea la caída, me levanto y lo máximo será un hematoma durante días en  algún sitio, un dolor persistente unas horas o algún rasguño. Poco más y nada grave.

La caída de hace unas semanas fue así. Pero es la primera vez que me di cuenta, con absoluta plenitud de conocimiento y con todo lo que eso conlleva, de que vivo sola. De que si una caída así deriva en rotura de algún hueso, o me atropella un coche, o tengo cualquier accidente…, vivo sola. Que me tendré que apañar yo sola para todo. Que podía haberme levantado del suelo (hubo quien preguntó si de veras estaba bien, si tenían que llamar a una ambulancia…) llegar a casa (estaba apenas a doscientos metros) y descubrir que tenía un esguince, qué sé yo…, y nadie iba a hacer nada. Que tendría que hacerlo yo, como en este caso me di una crema de componentes naturales que me hizo bien, que repetí la aplicación tras la ducha y de nuevo antes de acostarme e hizo que apenas me doliera la rodilla magullada en toda la noche.

Si un día me caigo en casa y me rompo algo o, peor, pierdo el sentido, o me atraganto y no soy capaz de resolverlo (un par de veces he estado a punto de ahogarme por ese motivo), si el ataque de ansiedad realmente es algo más grave… no se enterará nadie. Ni voy a tener ningún tipo de ayuda al respecto.
Creo que la idea no me gusta en lo más mínimo.

Vivo sola como algo natural, como algo que no planifiqué así ni me pareció nunca raro ni mal. Nunca me planteé como algo vital el tener que vivir con una pareja, pero tampoco lo desestimé. Imagino que, de hecho, siempre pensé que terminaría siendo así…
A estas alturas ya ni me lo planteo, francamente. La última persona con quien sí me habría gustado compartir mi vida nunca podrá ser, y yo no me planteo buscar a nadie ni creo que en un futuro lo encuentre sin buscarlo. Ni me apetece, por lo más remoto, estar con otro hombre que no sea él. Que nunca estará y lo sé. Este año me ha quedado completamente y perfectamente claro. No soy parte de su vida.

Cuatro días libres. Esta mañana del día uno de mayo es el ‘ecuador’ de ese periodo. Paso de abril a mayo. Y, simplemente, lo empiezo viva. Sigo sola y sigo viva.

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Desvelada.

Desvelada.

Creo que me he despertado a la hora de siempre (sobre las seis y media), aunque no he tenido conciencia real de ello hasta más de las siete (la hora en que suelo estar tomándome el café).  A las siete y media ya es de día y yo estaba despierta del todo. Antes de las ocho me he desplazado al baño (junto al dormitorio) a ver si con el paseo me volvía a entrar sueño…

No ha habido manera. Completamente desvelada.

Hace un rato me traje el portátil al dormitorio (a veces olvido que es eso, un portátil, y que no es necesario que yo esté en el sofá junto a la mesa donde suele estar enchufado). He trasteado un poco por internet…y he terminado aquí.

Llevo unos días rara. Muy nerviosa. También por una serie de pequeños trastornos domésticos (que cada vez me estresan más y llevo peor. Con lo que yo he sido), pero con la sensación de que hay más. De que hay cosas que no controlo de manera consciente…pero que intuyo de alguna manera.

Creo que hasta esta mañana de desvelo no le he encontrado nombre a la sensación: tengo miedo.

Ya me he hecho a la idea de no volver a verle (igual alguna vez, algún día, de manera absolutamente esporádica…). La certeza sigue doliendo, pero es un dolor que está ahí, en el fondo de algo a lo que no sé si llamar corazón, y que si no pienso en ello pues… E intento no pensar. De hecho, intento que mis días pasen sin pensar en otra cosa que en lo que esté haciendo en ese momento.

A ratos lo consigo. Supongo que no deja de ser una cuestión de práctica.

Llevo más de cuatro meses sin verle. Me gustaría poner esta frase en plural, en primera persona del plural: llevamos más de cuatro meses sin vernos. Pero también tengo completamente asumido que a él le da exactamente igual verme que no, por tanto, no entendería estar en ese plural.

Dejamos de vernos porque él lo decidió así. Al margen de que sus circunstancias lo puedan hacer complicado…, sé que no nos  vemos porque él lo ha decidido así. Como decidió cortar con la rutina que conseguí crearme de intentar verle un rato al menos cada dos semanas, a poder ser una vez a la semana, yéndole a esperar a la salida del trabajo.

Porque es completamente imposible que en más de un año (que es lo que cumplió ese cambio la pasada navidad: un año) ni una sola vez haya tenido la ocasión de quedar conmigo. Miento: una vez, muy a finales de año pasado y coincidiendo con la prohibición de circular coches con determinada matrícula (la contaminación salvaje hizo que se aplicase como medida de urgencia) sí me dijo que al día siguiente tenía que volver en transporte público. Pero me lo dijo procurando que quedase claro que no le apetecía nada verme: comentándomelo la noche anterior y aprovechando que le llamé yo y seguramente mencioné algo al respecto de la contaminación que me produce asma, y diciendo cuanto le apetecía poder volver solo, sin tener que tratar con nadie y desconectando completamente tras la salida del trabajo. Obviamente, si alguien te está diciendo eso…por mucho que pueda añadir que, bueno, podía acercarme a esperarle a mitad de camino, ya que a veces insistía con esa posibilidad… te está dejando más que claro que no, que no le apetece que vayas.

Tampoco me era posible. Ya tenía otro compromiso. Familiar, para ser exactos.

Todo son estos pequeños detalles.

Formas de recordarme que no soy absolutamente nada en su vida.

A veces sueño con él. Procuro recordar que no tengo que decírselo.

Algunas noches me sorprendo durmiendo sobre el lado izquierdo, que es como duermo…, dormía, cuando él lo hacía a mi lado. Me hago una especie de ovillo con los brazos y apoyo la cabeza sobre ellos (cuando duermo sobre el lado derecho, me agarro la almohada. Supongo que antes de él también lo haría si cambiaba de lado. A él siempre le dejé la almohada, creo que por eso prefería dormir sobre mis propios brazos, mirándole). Alguna vez sé que sueño con que le veo al abrir los ojos: es en esas noches cuando soy consciente de que estoy dormida mirando hacia la ventana, cuando de veras despierto y no está.

Sé que estoy olvidando cómo era el que me tocase. Aunque algunos momentos quiero creer lo contrario…, creo que tengo bastante asimilado que no volverá a pasar. E imagino que olvidar cómo era es algún mecanismo mental de defensa. Y no quiero intentar pensar en qué sentía si me hacía otras cosas… Pero de momento no puedo olvidar qué sentía si le tocaba, si le besaba o si le mordía yo.

Es curioso. También he conseguido tener completamente claro que para él que fuese yo o que fuese cualquier otra le era indiferente. Que la única, eso, diferencia es que conmigo no tenía intención de según qué cosas (para eso ya tenía a otra u otras), pero por lo demás mi presencia era totalmente circunstancial y accesoria.

Imagino que estas certezas contribuyen a olvidarme de mí misma con respecto a él.

No me arrepiento de nada, pero sé que algunas cosas no deberían haber pasado nunca. Que sólo terminaron pasando porque yo me empeñé (hace ya siete años. Porque todo empezó hace justo siete años, en la primavera de 2010).

Me he mentido durante años. Me he empeñado en creer que mantenía una relación con él. Ni siquiera tengo claro, hoy, qué tipo de relación creí tener, pero sí que la mantenía. Sigo creyendo estar segura de que a veces era él quien me llamaba, de que si había quedado en llamarle y no lo hacía, hasta a veces me llamaba él o me lo recordaba si hablábamos al día siguiente. Que planificaba quedar conmigo…aunque luego se aplazase una y otra vez. Que le escribía algún email y me respondía. Que si volvía a cancelar a última hora un inaplazable encuentro nocturno, luego hablábamos durante horas esa misma noche. Que aunque tuviese visitas familiares, sacaba cinco minutos para llamarme. Que había unos mínimos planes conjuntos, que me contaba lo que pensaba o lo que le pasaba. Quiero pensar, creerme, que todo eso existió y que era consecuencia de que manteníamos algún tipo de relación.

Sé que ha dormido conmigo. Eso sí lo sé, de eso soy totalmente incapaz de tener cualquier tipo de dudas.

Y sé que ha estado en mi casa. Aunque la única prueba de ello sea una foto que le hice en mi terraza. Una foto que, ahora que me paro a pensarlo, igual tampoco fue real. Igual yo misma fui capaz de hacer un fotomontaje con una que le hice en cualquier sitio neutral y que acoplé a lo que cada día veo al asomarme.

Imagino que, llegado el caso, él lo explicaría de ese modo.

Tengo miedo. No sé porqué ni de qué, pero no estoy bien y tengo miedo.

Necesito abrazarle y que me abrace, o al menos poder abrazarle yo, para volver a creerme por un momento que un día podría empezar un futuro a su lado. Para sentir que todo está bien, que parece que las piezas del puzzle estén en su sitio. Y que yo no sienta este miedo.

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Ganas de descansar.

Ganas de descansar.
Creo que la sensación es más eso que el básico ‘necesidad de descansar’. Tengo ganas de aprovechar estas vacaciones (bueno, en realidad no son sino los cuatro días de semanasanta) descansando.

A lo tonto…ya he ‘gastado’ un día. Y no, no he descansado. Me he despertado como cada día, en torno a las seis. Y a las ocho. Y a las nueve. Y finalmente a las diez estaba levantada.

He preparado una fuente de torrijas de leche con canela, hoy tocaba visitar a mi madre (como si fuese domingo). Y digamos que eso es todo lo que he hecho en el transcurso del día…
Querría haberle llamado (un poquito) esta noche, pero finalmente he llegado a casa más tarde de lo planificado, así que no ha podido ser.
Y…poco más.

Para mañana proyecto limpiar, poner lavadora, planchar, trastear un poco en la terraza cambiando la cuerda de tender y sustituyendo el ramo de olivo del año pasado por el que compré el domingo, lavarme el pelo concienzudamente, meterme en la ducha y exfoliarme bien, hacerme la pedicura, arreglar el bajo de unos pantalones,  ordenar mi dormitorio, recoger los catálogos, propaganda, algún diario gratuito que no abandono en el metro y otros papeles que van poblando mi entorno y meterlos en una bolsa y bajarla al contenedor, cocinar puré de verduras para un par de días…

Finalmente sé que no haré ni la cuarta parte de lo descrito. Y todo lo que he descrito me es necesario hacer…

Cada vez me organizo peor.
Supongo que porque cada vez estoy más cansada.
Supongo que, también, es porque la edad no perdona…

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Finales de marzo.

Finales de marzo.

Pasando del calor del verano a la nieve en cosa de cuatro días contados, volviendo a la primavera, pasando por algo de lluvia y rachas de viento. Tiempo de primavera.

Primavera otra vez, finales de marzo de nuevo. Como cada año.
Y ya han pasado siete.

Y sé que debo dejar de llamarle y debo dejar de escribirle. Que él no va a volver a hacerlo hacia mí. Que en realidad nunca tuvo el menor interés en mi persona, que si yo no me hubiese empeñado hace siete años…, si no me hubiera creído lo que no pasaba por su parte de ser un cumplido, una frase hecha, un ‘podemos quedar algún día’ que repetiría a docenas de personas…, no habría pasado nada entre nosotros.

No voy a decir que he tardado siete años en darme cuenta, porque no es cierto. Hace tiempo que lo sé. He luchado contra esa evidencia durante años.
Pero la evidencia ha ganado. Ni siquiera puedo decir que él haya ganado, porque nunca jugó a nada.

Hace siete años que empezó todo. Otro finales de marzo.

Qué mejor fecha para que la última llamada sea eso, la última. Para dejar de escribirle mensajes. Para borrar sus números de teléfono de los míos (por suerte, no me sé de memoria esos números: si los borro, no podré recuperarlos).  Para dejarle en paz de una vez.

Que mejor fecha para poner fin a lo que nunca debí dejar que empezase para mí. Para dejar, de una vez, de molestarle.

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Último domingo de marzo.

Acabo de guardar definitivamente el cenicero que usaba cuando venía a pasar la noche conmigo.
Supongo que terminará siendo, como otros, base para la maceta de alguna planta. Probablemente de algún cáctus.

Él era la única persona que fumaba en mi casa. No porque yo tenga, para nada, prohibido fumar (que no soy nada talibán para estas cosas, considero que todos somos mayorcitos y estamos perfectamente informados de qué consecuencias tienen según qué cosas) sino porque a mi casa no viene ningún otro fumador. Simplemente.

De momento, ya digo, lo he guardado. Cuando pase a tener otro uso, no creo que merezca ningún tipo de reseña.

Esta semana tengo que decidir qué destino les doy a las cervezas que guardo en el estante inferior del frigorífico. Yo no bebo habitualmente. Y nunca lo hago si estoy sola. Y además falta mucho para el verano, que podría ser una buena excusa para consumirlas. No sé cuantas puedo tener… ¿una docena? Y quizá tenga alguna más en el medioalmacén que es parte del suelo de la cocina (sí sé que hay tres o cuatro latas, perfectamente visibles). Estaba casi segura de que habían ‘sobrado’ en diciembre, la última vez que estuvo conmigo. Pero no: recordé que las compré en enero. Porque en enero sí planificamos vernos, en principio casi me aseguró que la primera semana, luego quizá la segunda o la tercera… En esos días en que aún parecía que teníamos algún tipo de relación sentimental (o algo), en que condicionaba el quedar conmigo a los horarios familiares: ‘hasta tal fecha no será posible…’. Creo que entonces, a mediados de enero, las compré. Y estoy segura de que a mediados de semana, porque el ‘plan’ era quedar un viernes: yo los viernes salgo de trabajar a las cuatro; él, quizá ese viernes a las seis, aunque habitualmente salga a las siete. No es la primera vez que ‘hago tiempo’ para esperarle. Sí recuerdo hasta haber proyectado (con él al otro lado de la línea) que me entretendría haciendo fotos. Sí recuerdo también que llegó a decirme que podía venir directamente a mi casa, que igual alguien le acercaba hasta Leganés o Getafe…
Sí he recordado todos esos detalles.

Sé que no va a volver a repetirse nada de eso. Me lo ha dejado perfectamente claro.

Aunque hace…¿dos, tres semanas? una conversación pudiese darme a entender otra cosa. O igual simplemente yo quise entenderla. Yo, que soy tan imbécil para según qué, que sigo queriendo creerme que aún es posible, que aún hay algo.

Que no soy capaz de entender qué ha pasado. Que no soy capaz de recordar qué he hecho mal, qué hice, para que todo haya terminado así, para que haya desembocado en este final definitivo.

Han cambiado la hora. Esta semana ya llegaré con luz de día a casa, entorno a las ocho de la tarde.
Aprovecharé un día de éstos para guardar, juntas, sus fotos. Meterlas en un sobre. Evitar volver a encontrarlas cuando busco algo en el mueble donde amontono fotos entre otras cosas: copas, sobres, incienso, velas, esmaltes de uñas, útiles de costura… No son muchas.

La última fue el pasado mes de junio. Estaba guapo. Ésa no la imprimí.
Tampoco habrá más. También me dejó claro que no le gustaba que le hiciese fotos.

Último domingo de marzo. Invierno.
Mi cabeza es lógica y sabe que debe guardar cosas, eliminar quizás otras.
Mi corazón no entiende nada.

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Cansancio. E indiferencia.

Estoy cansada. También físicamente.

Hay días en que me duele todo el cuerpo, sin que exista ninguna razón lógica que lo justifique y sin que sea capaz de centrarme en qué me duele realmente. Un agotamiento desde primera hora de la mañana, unas ganas de darme la vuelta yendo en el metro, volver a mi casa y meterme en la cama. Y dormir…

Pero no lo hago. También porque sé que eso no me va a quitar el cansancio. Ni el sueño.

Sé que lo normal en estos casos es ir al médico, ya lo sé. Pero también sé que no iba a solucionar nada. O…, o yo qué sé. No me lo puedo permitir. Ni siquiera sé quién es mi médico, a qué hora lo tengo, dónde… Llevo tantos años sin ir, que…

Y no me gustan las agujas y sé que debería hacerme análisis y todo eso. La única aguja que igual me atrevería a que me tocase sería la de un tatuador, porque hace meses…, o tal vez ya años, se me ocurrió que querría hacerme un tatuaje determinado y que fuese de un dibujo determinado que me hiciera alguien determinado….y sé que eso nunca pasará…

Y tampoco me pinchará, entonces, esa aguja.

Son casi la una de la madrugada. Me he quedado dormida en el sofá antes de las nueve de la noche, no recuerdo el comienzo del informativo que empieza a esa hora. Esta mañana estaba despierta a las ocho, lo recuerdo porque ya era de día y me lo han enseñado las manecillas del reloj rosa. Pero me he vuelto a dormir hasta más de las diez y media. No podía, por tanto, tener sueño. Apenas he hecho nada en todo el día. Desayunar, unas fotocopias, lavarme el pelo, salir a un supermercado cercano a comprar leche y alguna cosa casi innecesaria más, comer a más de las cuatro de la tarde, intentar teñirme de color morado las puntas del pelo, volver a lavármelo para comprobar que con mi tono actual no se me nota el color morado, dejármelo secar primero enrollado en una toalla y luego a su aire, llamarle por teléfono para volver a comprobar que le doy exactamente igual yo y que en realidad le molesta que le llame y que no tenemos nada de que hablar… Y creo que por esto, también, me he quedado dormida tan pronto. Porque la alternativa y lo que en realidad me apetecía era echarme a llorar, de pura impotencia. Porque sigo sin entender nada. Porque sigo sin entender porqué llevo más de tres meses sin verle ni porqué no voy a verle nunca más. No sé qué le he hecho, porque algo le he debido hacer. No sé qué he hecho mal.

Y también por eso y por esto me da igual no saber cómo estoy en realidad. Me da igual qué me pase.

No tengo otro objetivo que dejar pasar unos días laborables en que a veces la realidad es tan desagradable o tan absurda, o algún rato hasta divertida siendo absurda, una realidad laboral en que sé que tampoco tiene más futuro que el hecho de que pasen los días y no cambie nada. Porque en esta empresa tampoco hay más proyección. O no lo hay para mí, que tampoco lo pretendo.

Pasar cada día para que llegue el viernes y salir a las cuatro de la tarde, dos horas antes de lo habitual. Darme una vuelta más larga para volver a casa, pasar por el hipermercado para no tener que salir a comprar el sábado, que fue mi rutina durante años. Proponerme dedicar el sábado a las tareas de la casa, y finalmente no hacer casi nada. Tirarme en el sofá. Llamarle por la tarde, porque entresemana no le gusta que le llame. Y nada más. E irme el domingo a comer y pasar el día a casa de mi madre. Y volver al lunes y volver a empezar el mismo ciclo.

Y saber que esa será mi rutina, en el mejor de los casos, el resto de mis semanas, de mis meses…

Y echarle de menos. Y saber que no voy a verle, que no voy a encontrarle a mi lado al despertarme ninguna mañana más del resto de mi vida. Y no poder evitar echarle de menos igual, aunque yo sea tan lógica y tan realista y sea tan consciente de la realidad.

Estoy muy cansada. Intento estructurar mi vida conforme a esa rutina simple que he descrito. A veces mi lado lógico, ese lado lógico, me indica lo que debo hacer. Pedir cita en el médico. Hacerme unos análisis. Ir al endocrino o a un dietista o lo que sea necesario para adelgazar los más de 20 kilos que me sobran. Ir al dentista, hasta donde económicamente me lo pueda permitir.

O ir al médico y pedir una baja larga. Por estrés, que sé que lo tengo. Y dedicar esa baja a limpiar y ordenar mi entorno, a ordenarme mentalmente también. A dormir y comer ordenadamente, a no encender el ordenador, a no ponerme la tele para quedarme dormida y a poner sólo música en la radio. Y a volver al trabajo cuando realmente no me duela todo, como ahora.

Pero soy plenamente consciente de que no voy a hacer nada de eso.

Le echo mucho de menos.

Alguna vez se me ha pasado fugazmente por la mente ir a verle a la salida del trabajo. No a esperarle, simplemente a verle. Desde lejos. Siendo invisible. Sin que me tenga que ver. Sin tenerle que hacer avergonzarse porque alguien le pueda ver conmigo. Porque sé que también dejé de verle por eso, que dejamos de vernos por eso. Porque no me daba cuenta, pero le debía parecer horroroso que pudiesen verle con alguien como yo.

Alguna vez se me ha ocurrido hacer eso: ir a intentar verle. Pero no lo he hecho. Y sé que mi lado lógico no me va a dejar hacerlo.

Esta noche cambian la hora. Perdemos una hora, que luego nos ‘devolverán’ en octubre. Me gusta que se alarguen las horas de sol, o al menos me ha gustado siempre. Otros años, este tipo de cambios me han descolocado el sueño, los horarios mentales. Me he ido cayendo de sueño por los rincones durante diez días.

Este año no sé cómo va a ser. Estoy siempre cansada, tengo siempre sueño.

A veces, pienso que mi mente sólo quiere dormir, para no tener que pensar. Para ver si tengo suerte y sueño con él. Para ver si tengo suerte y mi realidad desde hace meses resulta ser sólo un sueño. O para ver si tengo aún más suerte y, simplemente, no vuelvo a despertarme.

Esta noche cambian la hora. Son más de la una de la madrugada. He dormido durante horas, no he cenado nada, llevo horas sin beber agua. Seguramente no voy a dormir apenas.

Y creo que me da, que me doy, exactamente igual.

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El lema de mi vida debería ser "...con lo que tú podrías (ser-tener-hacer) si quisieras...!!!"

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